Reinas Del Inframundo. Capítulo I

 

Capítulo I

Compromiso.

Estaba cansada de que mis padres me enviaran vestuarios cada cinco minutos, solo para saber cuál agradaría más al príncipe heredero de la República de Tanir. A veces sentía unas ganas de lanzarme por la ventana de la torre, pero cambiaba ese impulso por el deseo de un baño que me devolviera la calma.

—Prepara mi baño, Triana —dije a mi dama personal.

—Sí, mi lady. ¿Rosas o margaritas?

—Margaritas, por favor.

—Con su permiso.

Me levanté de mi cómoda y extravagante cama. Al mirar por la ventana, contemplé lo hermoso del reino: arbustos florales, el aroma de la comida deliciosa que pronto probaría en el comedor, y la gran barrera de raíces que protegía la salida del reino. Era un misterio que aún no lograba descifrar, pese a mis intentos de buscar respuestas en las historias de las naciones.

El baño terminó siendo un desastre: charcos por todas partes, fruto de mi rabieta contra la decisión de mi padre de reanudar un compromiso que me había marcado desde que nací. Desde el primer día, fui destinada a ser esposa, sin oportunidad de disfrutar mi niñez.

 

—Mi lady, su vestido está preparado —anunció Triana.

 

Era una joya traída desde tierras lejanas: oro rosa recién pulido, amplio y elegante. El color champán rosado brillaba suavemente bajo la luz. El corsé ajustado resaltaba mi figura, cubierto por tul transparente. Las mangas caídas le daban un aire romántico, y la falda, voluminosa, estaba adornada con flores en relieve.

—Magnífico —susurré, fascinada.

—Pellízquenme si esto es un sueño.

Mis damas obedecieron, y mi rostro cambió de amargura a satisfacción.

—Si casarse significa vestirse así todos los días, seré la reina más feliz del mundo. Ayúdenme a ponérmelo.

Mi cabello blanco caía en ondas suaves sobre el vestido. Me hicieron una trenza adornada con jazmines, y al terminar, me sentí como flotando en las nubes.

—Hija, ya es hora de irnos. Espero que no sigas con esa cara desabrida —dijo mi madre al entrar. Me miró con detenimiento, y una lágrima rodó por su mejilla.

—¿Madre?

Nunca había mostrado su lado sentimental. Para ella, llorar era debilidad.

—Estoy bien, mi niña. No te preocupes —se secó la lágrima con ternura. —Vamos, tu padre nos espera. Por cierto, estás hermosa.

Su halago me sonrojó más que cualquier otra palabra.

 

 

Las voces de los reyes resonaban en el jardín trasero, orgullosos de la princesa que pronto sería esposa del príncipe de Tanir. Yo aún no estaba convencida de este matrimonio por conveniencia, pero no había escapatoria.

Los padres de mi prometido llegaron con su séquito. Sus guardias vestían de rojo vino y negro, con insignias doradas. La reina compartía el mismo tono de cabello que su hijo, según mis informantes.

—Bienvenidos a Tanir, queridos invitados —dijo mi padre. —Mi rey, mi reina… y mi querida nuera, qué hermosa.

Me elogiaban como si fuera una reencarnación de las estrellas, eso asusta.

—Vamos, les mostraremos sus habitaciones. Tú, querida, conocerás a mi hijo. Es un poco testarudo, pero sé que se llevarán bien. Si ves un chico de cabello dorado, es él.

El castillo estaba lleno de cuadros: flores del jardín de Emir, el lago de cristales celestiales, las estrellas plasmadas en lienzo, y el pico Shebre, la montaña más difícil de escalar.

Nos detuvimos en la alcoba que compartiríamos el príncipe y yo.

—Esta es la habitación, mi niña. Espero que la pasen bien.

Me empujaron dentro, dejándome sola. El aposento era elegante y mágico: muros dorados, un lecho con dosel, un candelabro de cristal, alfombras florales y una ventana de vitral que dibujaba corazones y enredaderas. La luz coloreaba la estancia con un encanto romántico.

—¿Te gusta mucho este cuarto? —preguntó una voz grave, cerrando la puerta con un cuidado que parecía casi ceremonioso.

Me giré de inmediato. Allí estaba él, de pie, con esos ojos verdes que me atravesaron como dagas dulces. Sentí que el aire se me escapaba del pecho. Una cascada de rizos dorados caía sobre su frente, y por un instante pensé que los dioses habían decidido jugar conmigo.

«Gracias a los Dioses por no permitirme arrojarme de cabeza por el ventanal», pensé, mientras mis manos temblaban.

—Eh… bueno, sí. —Tartamudeé, buscando palabras que no llegaban. —La cama… es suave.

Él me observaba con una intensidad que me hizo sentir como una presa acorralada, y al mismo tiempo, como la única reina digna de su mirada. Yo lo miraba como si fuera un dios griego arrancado del cielo.

—Perdóname si te puse nerviosa —dijo con voz baja, casi un susurro que acariciaba el aire—. No era mi intención. Si lo prefieres, puedo pedir a mis mucamas que te preparen otra estancia.

Me mordí el labio, incapaz de contener una sonrisa tímida.

—No sabía que mi prometido no reconocería a su esposa —respondí, bajando la cabeza, mientras una risa nerviosa escapaba de mis labios.

Sus ojos se abrieron como platos, guardo silencio por un momento.

—¿En serio? Me comentaron que mi futura esposa era muy fea y con mal carácter. – Dice, levantando una ceja y con tono burlón.

El silencio se quebró con su exclamación. Luego, dio un paso hacia mí, y el mundo entero pareció detenerse.

–Pues que mal. – Contraataque. –Soy lo contrario a todas esas babosadas que le dijeron. –Me cruzo de brazos, haciéndole ver mi irrites por el comentario.

—¡Ay, preciosa! Discúlpame. —Su voz se volvió cálida, casi reverente. Tomó mi mano con firmeza y depositó un beso lento, tierno, que me quemó la piel. —No me percaté de que mi esposa es un manjar traído por los mismos seres maravillosos del cielo.

 

Su mirada se hundió en la mía, mi ceño, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron los míos. Fue un beso breve, pero cargado de promesas, de un destino que ninguno de los dos había elegido… y que, sin embargo, empezaba a sentirse inevitable.

 

 

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